sábado, 20 de junio de 2026

Maratón de Amstelveen: Cuando el cuerpo pone la letra pequeña

 Llegué a Ámsterdam cojeando de la cabeza, no de las piernas. 

La distensión en la rodilla me venía persiguiendo desde la media de Barcelona. Iba mejor, sí, pero ahí seguía, dando la lata como ese compañero de piso que no avisa cuando se va. Los entrenos habían sido buenos de sensaciones, pero flacos de kilómetros e intensidad. Sabía que no era el plan ideal para 42k, pero Ámsterdam te llama y uno va. Me planté allí con José Peguero, Cristina y Sonia. Cuatro días de ciudad, canales y risas. Volamos desde Málaga y todo pintaba perfecto: turismo, fotos, calles que parecen postal... y el pequeño detalle de meter carga de hidratos en una ciudad famosa por todo menos por el arroz y la pasta. Lo improvisamos, se hizo lo que se pudo.

Día de carrera. Desayuno de manual, puntualidad de reloj suizo y a la salida. Ámstelveen respiraba maratón por cada esquina. Barrios volcados, gente en la calle, 2000 corredores más o menos. Plana, rápida, sin trampas. Sobre el papel, un circuito para volar.Sin expectativas locas por los entrenos, pero con el punto de honra del corredor, me puse un objetivo: rondar 2:55 - 3:00. Nada de locuras, pero tampoco paseo. Me metí desde el pistoletazo con un grupo que llevaba liebre para 2:55. Dos chicas, segunda y tercera, y yo de polizón. Rodaba a 4:05 - 4:10 con una comodidad casi insultante. Llano, entretenido, piernas frescas. Pasé la media en 1:27 y pico y pensé: "hoy salen cosas".Y entonces Ámsteelveen me recordó quién manda. No sé si fue la humedad, la hidratación que falló, o unos avituallamientos con personalidad bipolar: 3 seguidos y luego un desierto de 6-7 km sin gota de agua. Rectas eternas que mastican la moral y un tramo final solitario que se hace más largo que la lista de la compra. En el km 25 el cuerpo levantó la mano. "Basta". Sin dramas, sin lesión, solo un corte de mangas energético. Bajé el pistón a 4:15, 4:20, 4:30. Seguía corriendo, seguía avanzando, pero ya no era yo el que decidía el ritmo.La factura llegó en el 32-33: calambres por todas partes. Piernas, espalda, brazos, pecho... un karaoke de fibras rebeldes. Tocaba parar, estirar, respirar, soltar el músculo y volver. El plan A se fue al canal. El plan B era simple: llegar como fuera. Trotando, andando, arrastrándome si hacía falta. La meta ya no era un tiempo, era un punto en el mapa.Crucé en 3:12. Lejos de las 2:55 soñadas, cerca de la realidad entrenada. Marca discreta, sí. Pero honesta. Como digo siempre: los entrenamientos no engañan. El cuerpo no negocia. Te da lo que le diste.Y menos mal que la maratón no era el viaje entero. Los dos días que quedaron en Ámsterdam con José, Cristina y Sonia fueron el mejor avituallamiento: risas, ciudad, cero cronómetro. De esos que curan más que cualquier gel.Ámsterdam me dio lección y postales. Me quitó minutos y me dejó anécdotas. Volveré. Con la rodilla cerrada y el cuaderno de kilómetros lleno.

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