sábado, 20 de junio de 2026

Cerrando temporada en dos capitales de España

 De la Augusta Emerita romana al Madrid de hoy, 42,195 metros divididos en dos Fines de semanas

1. Mérida - Cuando el calor y la historia pesan igual

Si hay una media que se ha ganado su sitio en el mapa nacional, esa es Mérida. Este año encima era Campeonato de España. Los mejores del país vinieron a buscar la medalla y el título. El circuito se viste de gala y el ambiente se nota desde el primer paso.A mí Mérida y yo tenemos historia. Llevo 10-12 veces corriendo aquí. Guardo con cariño el 2014: 3º de la general en 1:12, solo por detrás de Bruno Paixao y Juan Francisco Cano. Aquello fue otro yo. Esta vez volvía por segundo año seguido al horario de sábado por la tarde. Y sigo sin llevarme bien con él. Con los sábados trabajando y levantándome pronto, a esa hora mi biorritmo ya va en reserva. Sumas calor + circuito rompepiernas y tienes un cóctel que no perdona. Mérida no es llana: sube, baja, y es justo en las bajadas donde la rodilla me recuerda la distensión que venía arrastrando desde Barcelona.Venía de Amsterdam y de los calambres, pero ya entrenando con normalidad, sin volverme loco. Con el nivelazo que había este año, las expectativas se quedaron en el cajón. Objetivo único: disfrutar con José Peguero y saludar a toda la familia runner que siempre aparece por aquí.Salí a 4:00 clavado. Piernas cómodas, rodilla vigilada, cabeza tranquila. El miedo real era la parte técnica del circuito. Cada bajada era una negociación con el cuádriceps. Pero el público de Mérida te empuja. Calles llenas, gritos, gente conocida que se extrañaba de verme tan atrás. “¿Pero tú no eras el de 1:12?” Pues ya no, amigo. Hoy toca otro ritmo.Fui cuadrando hasta clavar el 4:00 de media. 1:24 al cruzar. Crono discreto, sí. Pero salí entero, sonriendo y con la sensación de haberle sacado jugo a la carrera sin que la rodilla se quejara. Mérida cumplió: dureza, ambiente y postales romanas para cerrar la tarde.

2. Madrid - La capital cierra la persiana

Tres semanas después, otra capital. Otra media. Otro Fin de semana con José Peguero de copiloto. Madrid ya es tradición en el calendario: dos días de ciudad, de tapeo, de buen ambiente y de una de las medias más bonitas de España. Llegaba igual, con entrenos discretos, pero con una diferencia clave: llevaba tiempo sin molestias. Rodilla, tobillo e isquios me estaban dejando apretar algún día. Eso te cambia la cabeza. En Mérida iba a sobrevivir; en Madrid me atreví a soñar con bajar de 4:00 sin obsesionarme.El recorrido de Madrid no regala nada. Hay que ser cauto al inicio, soltar piernas, y guardar para cuando la ciudad se pone guapa. Pasas por los sitios emblemáticos, dejas que el público te lleve, y cuando ves Paseo de Recoletos sabes que toca sufrir bonito. Desde ahí hasta Cibeles es donde se decide todo.Así lo hice. Tramo inicial contenido, mitad de carrera encontrándome, y último tirón fuerte buscando Cibeles. Las piernas respondieron. 1:22 al cruzar. Mejor que Mérida, mejor que las sensaciones de semanas atrás. Nada épico, pero suficiente para decir: “temporada cerrada con buenas vibraciones”.

Epílogo

Mérida me recordó de dónde vengo: cuestas, calor, historia y público que no falla. Madrid me dijo a dónde voy: piernas recuperadas, cabeza en su sitio y ganas de volver a construir.Entre las dos capitales me llevo 2:46 de maratón, cero dramas físicos graves y el bonus de dos viajes con José. Ahora toca lo que toca siempre después de cerrar: regenerar. Tobillo, rodilla, isquios, cabeza… todo a mantenimiento. Que los años pasan factura, pero si cuidas la máquina, la máquina te deja seguir jugando.Temporada 25/26 firmada. La 26/27 ya espera, con más fuerza si se puede.

Maratón de Amstelveen: Cuando el cuerpo pone la letra pequeña

 Llegué a Ámsterdam cojeando de la cabeza, no de las piernas. 

La distensión en la rodilla me venía persiguiendo desde la media de Barcelona. Iba mejor, sí, pero ahí seguía, dando la lata como ese compañero de piso que no avisa cuando se va. Los entrenos habían sido buenos de sensaciones, pero flacos de kilómetros e intensidad. Sabía que no era el plan ideal para 42k, pero Ámsterdam te llama y uno va. Me planté allí con José Peguero, Cristina y Sonia. Cuatro días de ciudad, canales y risas. Volamos desde Málaga y todo pintaba perfecto: turismo, fotos, calles que parecen postal... y el pequeño detalle de meter carga de hidratos en una ciudad famosa por todo menos por el arroz y la pasta. Lo improvisamos, se hizo lo que se pudo.

Día de carrera. Desayuno de manual, puntualidad de reloj suizo y a la salida. Ámstelveen respiraba maratón por cada esquina. Barrios volcados, gente en la calle, 2000 corredores más o menos. Plana, rápida, sin trampas. Sobre el papel, un circuito para volar.Sin expectativas locas por los entrenos, pero con el punto de honra del corredor, me puse un objetivo: rondar 2:55 - 3:00. Nada de locuras, pero tampoco paseo. Me metí desde el pistoletazo con un grupo que llevaba liebre para 2:55. Dos chicas, segunda y tercera, y yo de polizón. Rodaba a 4:05 - 4:10 con una comodidad casi insultante. Llano, entretenido, piernas frescas. Pasé la media en 1:27 y pico y pensé: "hoy salen cosas".Y entonces Ámsteelveen me recordó quién manda. No sé si fue la humedad, la hidratación que falló, o unos avituallamientos con personalidad bipolar: 3 seguidos y luego un desierto de 6-7 km sin gota de agua. Rectas eternas que mastican la moral y un tramo final solitario que se hace más largo que la lista de la compra. En el km 25 el cuerpo levantó la mano. "Basta". Sin dramas, sin lesión, solo un corte de mangas energético. Bajé el pistón a 4:15, 4:20, 4:30. Seguía corriendo, seguía avanzando, pero ya no era yo el que decidía el ritmo.La factura llegó en el 32-33: calambres por todas partes. Piernas, espalda, brazos, pecho... un karaoke de fibras rebeldes. Tocaba parar, estirar, respirar, soltar el músculo y volver. El plan A se fue al canal. El plan B era simple: llegar como fuera. Trotando, andando, arrastrándome si hacía falta. La meta ya no era un tiempo, era un punto en el mapa.Crucé en 3:12. Lejos de las 2:55 soñadas, cerca de la realidad entrenada. Marca discreta, sí. Pero honesta. Como digo siempre: los entrenamientos no engañan. El cuerpo no negocia. Te da lo que le diste.Y menos mal que la maratón no era el viaje entero. Los dos días que quedaron en Ámsterdam con José, Cristina y Sonia fueron el mejor avituallamiento: risas, ciudad, cero cronómetro. De esos que curan más que cualquier gel.Ámsterdam me dio lección y postales. Me quitó minutos y me dejó anécdotas. Volveré. Con la rodilla cerrada y el cuaderno de kilómetros lleno.